Panamá · Península de Azuero · Costa del Pacífico

Donde el marcuenta historias

Hay un rincón de Panamá donde el tiempo se ha olvidado de correr. Donde las ballenas cantan junto a la orilla y cada atardecer es una despedida con sabor a regreso. Esto es Pedasí.

Bienvenido

Algunos lugares se visitan.
Pedasí se escucha.

Llegas casi por casualidad, en el extremo de la Península de Azuero, allí donde la carretera termina y empieza el Pacífico. Es un pueblo de casas bajas y colores suaves, de caballos que cruzan la plaza y de pescadores que conocen el mar por su nombre. Luego, sin darte cuenta, aminoras el paso. Respiras más despacio. Y comprendes que has llegado a un lugar raro.

Desde julio las jorobadas llenan el agua de cantos. Las tortugas remontan la arena bajo la luna. Los peces vela cortan el horizonte y las tardes se deshacen en un oro que no olvidarás. Pedasí no se cuenta con una lista de cosas que hacer: se vive, un instante a la vez.

Este es el diario de aquel viaje. Pasa la página.

Los capítulos de este viaje

IEl pueblo de PedasíIILas ballenasIIILos DestiladerosIVPlaya ArenalVSurf y deporteVILas playas de PedasíVIIIsla IguanaVIIILa pescaIXLos pecesXNaturaleza salvajeXIAvesXIIFloraXIIILa fruta localXIVLa cocinaLas palabras de aquíXVExpat en PedasíXVIY si te quedarasMudarse a PedasíEventos del AzueroCuándo venirQué se hace aquíCómo se llegaQuién estáCon animalesPreguntas frecuentesGaleríaVídeoLa vitrina de los negocios
Foto: la iglesia y las calles del pueblo
Capítulo I El pueblo

El encanto de un tiempo más lento

Pedasí tiene el paso de otra época. Se llega atravesando el campo del Azuero, entre pastos y árboles de mango, hasta que el pueblo aparece casi de improviso: fachadas de color pastel entibiadas por el sol, una iglesia blanca que vela sobre la plaza, tiendas donde te atienden con calma y calles donde todavía se saluda con un buenos días dicho sin prisa.

Por la mañana el pueblo huele a pan recién horneado y a café; las mecedoras esperan bajo los portales, las bicicletas se deslizan despacio por las calles y el ritmo del día parece dictado por el sol más que por el reloj. Luego, cuando cae la tarde, el viento del mar sube por las calles y lleva el rumor de las olas hasta dentro de las casas, mientras en la plaza alguien se demora conversando a la sombra de los soportales.

Es tierra de fiestas y de folclore: de polleras bordadas a mano, de tambores que marcan las noches de las celebraciones patronales, de un Panamá auténtico que en otras partes casi ha desaparecido. Basta llegar aquí el día justo para ver la plaza llenarse de colores, de música y de gente venida de los pueblos vecinos, y entender que ciertas tradiciones, en Pedasí, no son espectáculo para los visitantes sino vida de cada día.

Aquí el tiempo no se persigue: se deja correr, como las horas lentas de un largo verano.

Su historia es la de un pueblo del interior del Azuero, nacido en época colonial como pequeña comunidad de campesinos y pescadores. Crecido lejos de las grandes rutas, Pedasí ha atravesado los siglos con lentitud, y quizá es precisamente a ese apartarse que debe su gracia intacta: aquí las costumbres no fueron redescubiertas, sino sencillamente nunca interrumpidas. La pollera que se cose puntada tras puntada, los tambores de las fiestas, el español cantado del interior llegaron hasta aquí como por un largo boca a boca entre las generaciones.

Aquí no se llega para ir deprisa. Se llega para recordar cómo se vive: para redescubrir el gusto de un día sin horarios, de una conversación que no necesita terminar, de un atardecer mirado hasta el último destello. Y pronto se descubre que esta lentitud no es pereza, sino una forma de atención — al mar, a las personas, a las pequeñas cosas.

Y luego está el mar. A pocos minutos del centro, la costa se abre en un collar de playas — de las olas de Los Destiladeros a la quietud de Puerto Escondido — cada una con su carácter, todas con el mismo, increíble silencio. Pero el pueblo sigue siendo el corazón al que volver por la tarde, cuando la arena se ha enfriado y, una a una, se encienden las luces de la plaza.

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El Municipio de Pedasí y las letras de colores del pueblo Las letras de colores de Pedasí a la entrada del pueblo Una casa colonial de puertas rojas Las casas bajas y los tejados de tejas a lo largo de la calle La plaza del pueblo, a la hora más tranquila El parque a la sombra, en el corazón de Pedasí Bancos y árboles frente a las casas La carretera que entra al pueblo El letrero que da la bienvenida a Pedasí Las tiendas a lo largo de la calle principal La calle principal al mediodía Un rancho a la sombra, al borde de la calle Una calle residencial del pueblo
Foto: yubarta · aguas de Pedasí
Capítulo II El canto de las ballenas

Escucha a los gigantes de las profundidades

Cada año, cuando el invierno del sur empuja las aguas frías hacia el ecuador, las ballenas jorobadas dejan los mares australes y emprenden una peregrinación de miles de millas para venir a parir aquí, en el mar tibio de Pedasí. Es un viaje tan antiguo como la especie, repetido con la fidelidad de quien vuelve siempre al mismo lugar del corazón.

Las aguas de este tramo del Pacífico son tranquilas y tibias como pocas — resguardadas, poco profundas, seguras — y por eso cada verano se convierten en una cuna. Aquí las hembras traen al mundo a sus crías y las amamantan durante las primeras semanas de vida, enseñándoles a respirar, a sumergirse, a confiar en el mar, antes del largo regreso hacia los pastos del sur. Es uno de los raros rincones del planeta donde las jorobadas de ambos hemisferios se dan cita, y eso hace que su temporada, aquí, sea extraordinariamente larga.

Las ves primero como un soplo en el horizonte, una columna de vapor suspendida un instante sobre el agua; luego como un lomo reluciente que rompe la superficie y se desliza, lento. A veces una aleta enorme se alza y vuelve a caer en una fuente de espuma, o una cola se arquea antes de desaparecer en el abismo. Madres y crías nadan a pocas brazadas de la barca — curiosas, inmensas, mansas — y por un instante el tiempo se detiene.

Nunca olvidarás la primera vez que una ballena te mira.

Y luego las oyes. Bajo la superficie los machos cantan: un reclamo largo, grave, antiguo, hecho de gemidos y vibraciones que se repiten como las estrofas de una plegaria. El sonido viaja millas en el agua, atraviesa el casco de madera y te llega adentro, al pecho, incluso antes que a los oídos. Nadie sabe con certeza qué se dicen; solo sabes que es una de las voces más antiguas del mundo, y que la estás escuchando.

De julio a octubre, con el punto culminante en agosto y septiembre, las salidas en barca parten al amanecer desde Playa Arenal y ponen rumbo a las aguas de Isla Iguana, donde el fondo se hunde y los encuentros se vuelven más frecuentes. Delfines y tortugas acompañan a menudo la travesía; el sol asciende mientras el timonel apaga el motor y se espera, en silencio, con la mirada tendida hacia el horizonte. Es uno de los avistamientos más fiables y más íntimos que existen: no una multitud de naves en fila, sino el mar, tu barca y ellas.

Y hay quien, entre los pocos que han elegido vivir en Los Destiladeros, no necesita zarpar para encontrarlas: ciertas mañanas de septiembre basta con asomarse a la veranda sobre el mar para que, con un poco de suerte, un soplo lejano en el horizonte delate el lento paso de una madre y su cría a lo largo de la costa. Un saludo mudo, y la sensación de compartir la casa con los gigantes de las profundidades.

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Foto: acantilados de Los Destiladeros
Capítulo III La costa elegante

Los Destiladeros, donde el lujo es el silencio

Un poco al sur de Pedasí, allí donde el asfalto se adelgaza y el camino se pierde entre los árboles, la tierra abandona la arena y se hace acantilado. Es aquí donde comienza Los Destiladeros: un tramo de costa donde el Pacífico no llega tendido, sino que se encaja entre las rocas, excava calas, dibuja promontorios. El rostro más refinado de esta península no se anuncia con estruendo, se deja descubrir una curva a la vez.

Las villas se esconden entre la vegetación, discretas, casi tímidas: madera, piedra, amplias verandas abiertas al océano, diseñadas menos para ser vistas que para escuchar. Porque en Los Destiladeros la casa no domina el paisaje, se pone a escucharlo. Las ventanas enmarcan el mar, los techos recogen la sombra, y el viento entra libre trayendo consigo el aroma salobre y ese otro, verde y cálido, del bosque a las espaldas.

Los días se miden según la respiración de la marea. Por la mañana, cuando el agua se retira, entre las rocas afloran piscinas naturales de agua nítida y tibia, pobladas de cangrejos y pececillos: bañeras dibujadas por la roca, donde sumergirse en silencio mientras el resto del mundo aún duerme. Un poco más allá, sobre un fondo de arena oscura, la ola llega más decidida. Es un point break amado por los surfistas, con derechas e izquierdas en los dos extremos de la playa, y sesiones que quedan casi privadas, entre acantilados y calas resguardadas.

Un tramo de costa donde el tiempo no se cuenta en horas, sino en mareas y en atardeceres.

Luego está Puerto Escondido, el puerto oculto: una cala al resguardo donde el agua se vuelve de pronto tranquila y la sombra de los árboles llega hasta la orilla. Es el refugio de los pescadores, que allí anclan las pangas lejos del viento, y el sitio justo para un baño lento, lejos de las olas. En las noches tibias de la temporada, sobre estas mismas arenas apartadas, las tortugas marinas suben desde la oscuridad a cavar el nido, confiando al mar la generación que vendrá.

Y está el mar grande, el abierto. Entre julio y octubre, quien vive aquí no necesita zarpar para encontrar a las jorobadas: ciertas mañanas de septiembre basta con asomarse a la veranda para que un soplo lejano en el horizonte delate el lento paso de una madre y su cría a lo largo de la costa. Por la tarde, en cambio, el cielo se lleva la escena: la luz se hace líquida, se enciende de cobre y de violeta, y durante unos minutos el ruido del mundo desaparece por completo.

No sorprende que precisamente aquí estén naciendo algunas de las moradas más bellas de Panamá, pensadas para quien busca la belleza sin espectáculo. Los Destiladeros no se visita con prisa: se deja entrar despacio, como una marea que sube. Y quien llega, a menudo, descubre que ya no quiere marcharse.

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Foto: la playa y las palmeras · Playa Arenal
Capítulo IV La playa dorada

Playa Arenal, la puerta del mar

Amplia, dorada, acariciada por un viento que nunca cesa del todo, Playa Arenal es el corazón vivo de Pedasí. Es desde aquí que parten las barcas antes de que el sol se alce sobre el horizonte, cuando la arena aún está fresca y el mar tiene el color del plomo, y es aquí donde regresan al atardecer, los motores bajos, cargadas de sal y de historias por contar.

Muy temprano por la mañana la playa se anima con un ir y venir antiguo. Los pescadores empujan al agua las pangas de colores, revisan sedales y bidones, se llaman de una barca a otra con esa calma que aquí es una forma de respeto. En el aire hay olor a salitre y a gasóleo, el golpe de las quillas sobre la ola, el primer zumbido de los motores que rompe el silencio. Arenal es el umbral desde el que se sale hacia Isla Iguana, hacia las aguas donde en verano pasan las jorobadas, hacia las jornadas de pesca en alta mar: cada partida comienza en estas huellas sobre la arena mojada.

Pero Arenal también sabe ser solamente playa, y quizá sea en esto donde da lo mejor de sí. Kilómetros de arena suave donde caminar descalzo hasta que las huellas se pierden, un fondo bajo y clemente hecho para nadar, conchas que recoger dejadas por la marea. Sobre la cabeza los pelícanos planean en fila, luego se cierran y se zambullen como piedras, y por un instante el mar se los traga antes de devolverlos con el pico lleno. Uno se sienta en la arena sin más plan que mirar, y las horas pasan sin peso.

Toda aventura, en Pedasí, comienza en la arena de Arenal.

Es esto lo que hace de Arenal la verdadera puerta del mar. De julio a octubre las barcas apuntan la proa hacia Isla Iguana y hacia mar abierto, y no es raro que a lo largo del trayecto aparezcan los delfines jugando con la estela, o el lomo liso de una tortuga que aflora y desaparece. Luego, con un poco de suerte, el horizonte se abre sobre un soplo lejano, la señal de que las jorobadas han llegado. La playa se queda ahí, quieta, esperando el regreso de quien salió: un muelle de arena donde toda promesa hecha al amanecer se cumple al atardecer.

Y cuando el sol baja, aquí el cielo se vuelve espectáculo. La marea se retira descubriendo lenguas de arena reluciente, la luz se hace líquida y se posa sobre el agua quieta, y el día se cierra como un telón de oro sobre el Pacífico. Las barcas regresan una a una, las sombras se alargan, y Arenal vuelve a ser lo que siempre ha sido: el punto en el que la tierra saluda al mar y le da cita para la mañana siguiente.

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Foto: Los Panamaes · Pedasí
Capítulo V Surf y deporte

Surf, y cien maneras de estar al aire libre

El surf, aquí, no está en el pueblo: está al sur, donde el asfalto se adelgaza y la costa se hace acantilado. Los Destiladeros dibuja un point break sobre fondo de arena oscura y roca, con olas a derecha y a izquierda en los dos extremos de la playa. Ningún rótulo, ninguna bandera, ninguna multitud: solo una tabla bajo el brazo y el rumor del agua que se rompe.

Se llega al amanecer, cuando el viento sopla aún desde tierra y mantiene las olas impecables. Se estudia el mar unos minutos — el modo en que la marejada envuelve el promontorio, el punto exacto en que la ola empieza a plegarse — y luego se entra. Aquí el mar llega decidido, los kilómetros de orilla siguen casi siempre desiertos y la sesión se convierte en una conversación privada entre tú y el océano. El agua está tibia todo el año, y bastan los pantalones cortos.

Aún más al sur, donde el camino se deshilacha en una pista de tierra que parece no llevar a ninguna parte, los locales se transmiten casi como un secreto la playa de Los Panamaes: un beach break remoto, amado por los bodyboarders, con la arena donde las tortugas vuelven a anidar y el silencio especial de quien ha llegado allí donde termina el camino. No lo encontrarás en los mapas satinados. Lo encontrarás preguntando, o no lo encontrarás — y ese es exactamente el punto.

La mejor ola es la que sorprendes a solas, al amanecer.

Y cuando la tabla descansa, el mar ofrece cien maneras más de ser atravesado. En las bahías resguardadas, donde el agua se hace espejo, se desliza uno en paddleboard a la hora en que la luz es todavía rosa, o se rema en kayak a lo largo del acantilado para descubrir calas que desde tierra no existen. Frente a Isla Iguana la máscara se convierte en una ventana a otro mundo: bancos de peces de mil colores, el coral, el turquesa que se hace profundo, y de vez en cuando, bajo la superficie, la sombra lenta de una tortuga.

La aventura, sin embargo, no se agota en el agua. Hay quien cabalga por la orilla mientras el sol se hunde en el océano, quien recorre en bicicleta de montaña los senderos del interior entre pastizales y bosque seco, quien camina hasta un promontorio solo para mirar el mar desde más arriba. Y hay quien, sencillamente, extiende una esterilla sobre la arena y hace yoga mientras la marea se retira. En Pedasí el deporte no tiene nada de gimnasio: es una manera de estar en el mundo, de medir los días en mareas y no en relojes, de recordar que el cuerpo, aquí, está hecho para el aire libre.

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Foto: las playas de Pedasí
Capítulo VI La costa de Azuero

El collar de arena y acantilados

Basta seguir la carretera que sale de Pedasí para comprender que aquí el mar no tiene un solo rostro. En pocos kilómetros la costa cambia de carácter en cada curva: extensiones de arena dorada donde las barcas de los pescadores reposan volcadas al sol, promontorios de roca oscura contra los que el Pacífico se rompe en espuma blanca, calas resguardadas donde el agua se vuelve de pronto quieta y transparente. No una sola playa, sino un collar — granos de arena y de acantilado ensartados uno junto al otro, cada uno con su propia hora del día, su propia marea, su propio silencio.

Quien llega en verano aprende pronto a leer la respiración del lugar, que es la de las mareas. Temprano por la mañana, cuando el agua se retira, deja al descubierto pozas rocosas llenas de vida menuda — cangrejos que corren de costado, conchas abandonadas, el destello de algún pez que quedó prisionero de la bajamar — y los paseos por la orilla parecen no terminar nunca, con la arena firme y fresca bajo los pies desnudos. Por la tarde el viento gira, las olas se alargan sobre los point breaks, y los surfistas aparecen en el agua como acudiendo a una cita silenciosa. Luego la luz cae, el oro se posa sobre el agua, y desde ciertos acantilados — con un poco de suerte, entre julio y octubre — se distingue el soplo lejano de una ballena jorobada.

El primer grano del collar está a pocos pasos del pueblo, donde arena y roca conviven en la misma orilla. En las mañanas de marea baja la orilla se transforma en un largo sendero de pozas entre las rocas, para recorrer despacio con los pies en el agua, inclinándose a mirar lo que el mar ha dejado atrás.

Cada playa tiene su hora: la del amanecer entre las pozas de marea, y la del atardecer, cuando el mar parece contener la respiración.

Bajando hacia el sur la costa se vuelve más áspera y más secreta. A unos diez minutos del pueblo, entre acantilados y arena parda salpicada de afloramientos rocosos, se abren kilómetros casi siempre desiertos: un verdadero point break querido por los surfistas, y un horizonte del que, en la estación adecuada, asoma a veces el lomo oscuro de una ballena jorobada. Poco más allá, escondida entre las rocas de Los Destiladeros, Puerto Escondido cumple la promesa de su nombre — una cala de agua repentinamente calma, la sombra de los árboles que llega hasta la orilla, las barcas de los pescadores fondeadas: el sitio justo para un baño tranquilo, lejos de las olas. Y está la playa más serena de todas, hecha para los paseos lentos: olas a derecha e izquierda en cada marea para quienes aman el bodyboard, y en bajamar un puente de arena que aflora y la une a la costa vecina, entre pozas rocosas rebosantes de vida.

Luego está Playa Arenal, a cinco minutos del centro: fondo de arena suave, apto para nadar, y sobre todo el muelle desde el que arranca toda aventura en el mar — es de aquí que parten las barcas hacia Isla Iguana y hacia las ballenas, entre snorkel, pesca y buceo. No lejos, olas pequeñas y clementes acogen a quienes dan sus primeros pasos sobre la tabla, en la misma playa que alberga el vivero de Tortugas Pedasí, desde el que cada temporada miles de tortuguitas regresan al mar — el agua, aquí, tiene corrientes que hay que respetar. Y al final de la costa de Los Destiladeros, a algunos kilómetros por un camino de tierra, el collar se cierra con Los Panamaes: una playa remota y casi secreta, un beach break querido por los bodyboarders, arena donde las tortugas vuelven a anidar, y el silencio de quien ha llegado hasta donde termina el camino.

No hay grandes paseos marítimos, ni filas ordenadas de sombrillas. Las playas de Pedasí se conquistan una a una, a menudo casi desiertas, a menudo accesibles solo para quien sabe dónde girar. Justo en eso reside su gracia: la sensación, cada vez más rara, de tener delante un trozo de mundo todavía intacto, y todo el tiempo para recorrerlo.

Playa Los Destiladeros

Diez minutos al sur del pueblo, donde la costa se hace de acantilados y arena parda salpicada de afloramientos. Kilómetros casi siempre desiertos, un verdadero point break querido por los surfistas y, entre julio y octubre, el horizonte del que a veces asoma el lomo de una ballena jorobada.

Puerto Escondido

Una cala escondida entre las rocas de Los Destiladeros, con el agua repentinamente calma y la sombra de los árboles hasta la orilla. Es el refugio de los pescadores, que allí fondean sus barcas, y el sitio justo para un baño tranquilo lejos de las olas.

Playa El Arenal

Cinco minutos del centro, fondo de arena suave apto para nadar. Es desde aquí que parten las barcas hacia Isla Iguana y para el avistamiento de ballenas: el muelle donde comienza toda aventura en el mar, entre snorkel, pesca y buceo.

Playa El Toro

A pocos minutos del pueblo, donde la costa se vuelve de roca: es el punto preferido de los surfistas de Pedasí, con la ola que se abre a lo largo de la punta cuando el viento sopla de tierra. Con marea baja las rocas se llenan de pozas para mirar una por una, y el atardecer desde aquí es de los más bonitos de esta costa.

Playa Lagarto

Olas pequeñas y clementes donde los principiantes dan sus primeros pasos sobre la tabla, y la playa que alberga el vivero de Tortugas Pedasí, desde el que cada temporada regresan al mar miles de tortuguitas. El agua aquí tiene corrientes que hay que respetar.

Playa La Garita

La más serena, hecha para los paseos lentos. Olas a derecha e izquierda en cada marea para quienes aman el bodyboard, y en bajamar un puente de arena que la une a la costa vecina, entre pozas rocosas rebosantes de vida.

Los Panamaes

Al final de la costa de Los Destiladeros, a algunos kilómetros por un camino de tierra, una playa remota y casi secreta: un beach break querido por los bodyboarders, arena donde vuelven a anidar las tortugas, y el silencio de quien ha llegado hasta donde termina el camino.

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Foto: Isla Iguana vista desde el mar
Capítulo VII El refugio

Isla Iguana, un paraíso a golpe de remo

A un puñado de millas de la costa, ceñida por el arrecife de coral y por aguas que pasan del turquesa al esmeralda, Isla Iguana es un refugio natural protegido: uno de esos lugares que creías que existían solo en las fotografías. Desde Playa Arenal apenas se intuye, una mancha verde suspendida en el horizonte; luego la barca se acerca, el agua se vuelve transparente, y comprendes que has llegado a otra parte.

El trayecto es breve — unos veinte minutos a bordo de una panga que corta el Pacífico — pero basta para dejar Pedasí atrás. Delfines y tortugas acompañan a menudo la ruta; después el ancla desciende sobre un fondo tan límpido que parece aire, y la proa toca una media luna de arena blanca orlada de vegetación.

Bajo el agua te espera el tesoro de la isla: el arrecife de coral más extenso del Golfo de Panamá. Basta una máscara para que el mar se convierta en una ventana a otro mundo — bancos de peces amarillos y plateados, corales abiertos como abanicos, la sombra veloz de una tortuga que se desliza hacia el azul. Uno se mueve despacio, suspendido, para no romper el encanto.

Arena blanca, agua de cristal y el silencio de una isla casi entera para ti.

En tierra, la isla revela su segundo rostro. Senderos a la sombra del bosque seco llevan de una playa a otra, entre las iguanas que dan a la isla su nombre y que se calientan inmóviles sobre las rocas. Sobre la cabeza revolotea una de las mayores colonias de fragatas del Pacífico: en la época de celo los machos hinchan la garganta en una bolsa escarlata, y el cielo se salpica de cientos de pequeñas nubes rojas.

En la estación adecuada, entre julio y octubre, ni siquiera hace falta salir de nuevo a mar abierto: desde las playas de la isla puede verse el soplo lejano de una ballena jorobada, o el lomo reluciente que rompe la superficie. Es un refugio protegido, y se nota: aquí no se recoge nada y no se deja nada, y uno se lleva a casa solamente el asombro.

Un breve trayecto en barca desde Playa Arenal, y es como cambiar de planeta. Se regresa cuando el sol comienza a caer, con la sal en la piel y la sensación — rara, preciosa — de haberle robado un día al paraíso.

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Isla Iguana vista dal mare La lancha ormeggiata sulla spiaggia dell'isola Un banco di pesci nell'acqua trasparente La nuvola delle fregate sopra l'isola Una fregata in volo sulla spiaggia Le palme e i ranchos dell'isola L'arrivo in lancha a Isla Iguana La lingua di sabbia bianca
Foto: pesca deportiva de altura
Capítulo VIII Mar de grandes presas

La pesca, entre las aguas más ricas del Pacífico

Hay quien llega a Pedasí por una sola razón: por la llamada de un mar que los abismos cercanos convierten en uno de los más pesqueros del planeta. Basta salir del abrigo de la bahía para que el fondo se desplome, el agua cambie de color y el azul se haga profundo, promesa de lo que nada allí abajo.

El secreto está en las corrientes. Frente a Isla Iguana y a las islas Frailes, aguas frías ascienden desde el fondo y llevan a la superficie el alimento que enciende toda la cadena de la vida: cardúmenes de peces pequeños, y detrás de ellos los grandes depredadores. Lo comprendes antes incluso de largar un sedal, cuando ves a las fragatas cerrarse en círculo y lanzarse en picada: bajo ese vuelo, casi siempre, el mar está hirviendo.

Se sale al amanecer, cuando Playa Arenal aún es gris y la panga se desliza sobre el agua quieta dejando tras de sí una estela de diésel y de sal. Cerca de la costa, entre las rocas, acecha el pez gallo — el combativo roosterfish, reconocible por la cresta que abre como un abanico — con lances precisos contra la piedra y recobrados nerviosos. Aquí la pesca es muscular, cercana, hecha de espera y de arranques repentinos, con la costa todavía al alcance de la mirada.

El mar, aquí, es generoso con quien sabe esperarlo.

Quien busca la altura, en cambio, pone la proa mar adentro y saca las cañas a curricán. Son las aguas del marlín y del pez vela, de los atunes y de los dorados de flancos de oro, de wahoos velocísimos. Después llega el instante que se persigue: el sedal que canta, la caña que se dobla de golpe, el zumbido del carrete, y la lucha — a veces larga, siempre inolvidable. En pocas horas, a dos pasos de la costa, vives emociones que en otros lugares cuestan días de navegación.

Y quizá por eso, cada vez más, quien pesca aquí elige el catch & release: el pez se admira, se fotografía y se devuelve al mar, para que este tesoro siga intacto para quien vendrá. Es un gesto de respeto hacia una riqueza que no se da por descontada, y que se prefiere dejar en su elemento.

Al atardecer las barcas regresan a Arenal, a contraluz, cargadas de sal y de relatos. Porque en Pedasí la pesca no es solo un deporte: es una manera antigua de medirse con el mar, de leer sus humores y sus corrientes, y de hablarle en su lengua hecha de paciencia, de viento y de silencio.

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Pesca a Pedasí Pesca a Pedasí Pesca a Pedasí Pesca a Pedasí Pesca a PedasíUn pesce vela al largo di PedasíTonno pinna gialla a bordoIl ritorno in porto: dorado e jurelLa giornata di pesca: dorado e tonniJurel catturato al largoPargo rojo dalle secche di PedasíDue dorado (lampughe) appena pescatiTonno pinna gialla, pesca a trainaLa cattura del giornoIn navigazione verso le secche
Foto: pez vela · Pacífico
Capítulo IX El mar pesquero

Bajo el turquesa, el pueblo de plata del Pacífico

Basta alejarse unas pocas millas de la costa para que el fondo se hunda y el agua cambie de color: es allí, donde el turquesa vira al azul de tinta, donde el mar de Pedasí revela su verdadera naturaleza de despensa sin fondo.

Es una cuestión de geografía sumergida. A pocas millas de Isla Iguana y de los islotes Frailes el fondo se precipita de golpe, y las corrientes frías suben desde lo profundo cargadas de alimento. Se forman bancos de pequeños peces plateados que rizan la superficie como lluvia, y detrás de ellos llegan los grandes cazadores: atunes, dorados, peces vela, marlines. Todo, aquí, empieza en esa agua fría que asciende.

Pero no hace falta ir mar adentro para entenderlo. Basta estar en el muelle de Playa Arenal cuando las barcas regresan, y ver bajar a tierra lo que el mar ha concedido ese día: el pargo destinado a la parrilla del mediodía, el mero para el almuerzo del domingo, el atún que se comerá crudo, cortado fino. En Pedasí el pescado no es una abstracción impresa en un menú: es el hilo que todavía ata al pueblo con su océano.

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Tonno pinna gialla

Atún aleta amarilla

Veloz y musculoso, atraviesa el océano como un torpedo de plata.

Mahi mahi

Mahi mahi

Colores encendidos que mutan en el agua; combativo y muy querido por los pescadores.

Pesce vela

Pez vela

El pez más veloz del mar: abre su vela y se dispara sobre el azul.

Marlin blu

Marlín azul

El gigante de los abismos, sueño de todo pescador de altura.

Pesce gallo

Pez gallo

Reconocible por la cresta de peine que levanta orgulloso sobre el lomo.

Pargo

Pargo

Pez de arrecife de carne apreciada, se mueve en bancos plateados.

Cernia

Mero

Gran pez de fondo, curioso y territorial entre rocas y pecios.

Foto: tortuga marina
Capítulo X Naturaleza salvaje

Una costa que rebosa de vida

Más allá de la línea del agua, la Península de Azuero es uno de los rincones más vivos de todo Panamá. Islas protegidas, playas donde cada verano regresa el prodigio del nacimiento, y un bosque tropical seco que cambia de rostro con las estaciones: aquí la naturaleza no se esconde tras los cristales de un parque, se muestra a quien tiene la paciencia de aminorar el paso y mirarla.

Tierra adentro, el bosque tropical seco dibuja un paisaje que pocos imaginan al pensar en los trópicos. En los meses más secos muchos árboles dejan caer las hojas y las ramas se encienden en floraciones repentinas; luego llegan las lluvias y en pocos días todo vuelve a ser verde, como un aliento contenido y por fin liberado. A la sombra de las ramas las iguanas toman el sol inmóviles, los pájaros se persiguen entre el follaje, y en las horas más calurosas el canto de las chicharras llena el aire como una corriente eléctrica que sube de la tierra.

Pero es de noche, sobre la arena, cuando ocurre el rito más antiguo. No hace falta llegar hasta Isla Cañas para presenciarlo: cada año, en las noches tibias de la temporada, las tortugas marinas suben también a estas playas — la arena de Pedasí, las calas de Los Destiladeros, la bahía resguardada de Puerto Escondido. Cavan el nido en la oscuridad, confían al mar la generación que vendrá y se marchan con la misma lentitud solemne con la que llegaron. Semanas más tarde la arena se anima de crías que corren hacia la ola, y el vivero de Tortugas Pedasí acompaña cada temporada miles de estos regresos al mar. Isla Cañas sigue siendo la más célebre, con sus arribadas de miles de ejemplares; pero la maravilla, aquí, empieza justo delante de casa.

Aquí la naturaleza no hace de telón de fondo: es la protagonista, y tú eres solo el huésped.

El cielo, en Pedasí, está tan poblado como el mar. En los humedales y a lo largo de los estuarios las garzas pescan inmóviles en el agua baja, mientras bandadas de loros atraviesan el verde con su alboroto alegre. Sobre Isla Iguana revolotean las fragatas — en la época de los amores los machos hinchan la garganta en una nube roja — y en la orilla los pelícanos se dejan caer en picada, uno tras otro, como flechas que perforan el agua. Cuando el año declina llegan las aves migratorias, y esta costa se convierte en una escala a lo largo de rutas que cruzan continentes enteros.

Mar adentro, la vida no se detiene nunca. Los delfines juegan alrededor de las barcas y las acompañan durante tramos enteros, saltando dentro de la estela; más abajo las mantas planean como grandes sombras silenciosas apenas bajo la superficie. Y cuando, entre julio y octubre, las yubartas remontan estas aguas para parir, el círculo se cierra: mar, cielo y arena acaban contando todos la misma, única historia — la de la vida que obstinadamente vuelve a empezar.

Cada estación trae su milagro: las tortugas en verano, las ballenas entre julio y octubre, las aves migratorias cuando el año declina. No hace falta buscarlos con afán. Basta aminorar el paso, aprender de nuevo a mirar, y Pedasí — un tesoro cada vez — acaba mostrándote todo lo que guarda.

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Iguana nera (ctenosaura)

Iguana negra (garrobo)

Es ella quien da nombre a la isla frente a Pedasí. La encuentras inmóvil sobre las rocas calientes a media mañana, gris como la piedra en la que se calienta, y desaparece de un salto si te acercas demasiado: de adulta es uno de los reptiles más veloces del mundo, más de treinta kilómetros por hora. De joven era algo muy distinto — verde brillante, y vivía en los árboles. Al crecer baja al suelo, se le apaga el color y se echa a la espalda una cresta de espinas.

Giaguaro

Jaguar

El felino más grande de las Américas y soberano silencioso de la selva panameña: elusivo, poderoso, casi legendario. Encontrarse con uno es privilegio de poquísimos, pero saber que aún vive en los rincones más remotos del istmo basta para hacer latir el corazón.

Giaguaro nero (pantera)

Jaguar negro (pantera)

El felino más grande de las Américas y soberano silencioso de la selva panameña: elusivo, poderoso, casi legendario. Encontrarse con uno es privilegio de poquísimos, pero saber que aún vive en los rincones más remotos del istmo basta para hacer latir el corazón.

Ocelot

Ocelote

Felino elegante de manto moteado de oro y negro, nocturno y esquivo, que caza en la oscuridad con ojos capaces de capturar cada destello de luna. Es la joya escondida del sotobosque, todo gracia y misterio.

Scimmia urlatrice

Mono aullador

No es una especie aparte, sino un jaguar de manto negrísimo, sobre el cual las rosetas afloran solo a contraluz. Rarísimo y envuelto en el mito, es la sombra dentro de la sombra de la selva.

Coccodrillo americano

Cocodrilo americano

El felino más grande de las Américas y soberano silencioso de la selva panameña: elusivo, poderoso, casi legendario. Encontrarse con uno es privilegio de poquísimos, pero saber que aún vive en los rincones más remotos del istmo basta para hacer latir el corazón.

Serpente corallo

Serpiente coral

Pequeña y llamativa, con sus anillos rojos, amarillos y negros lleva escrita en la piel una advertencia: está entre las serpientes más venenosas del continente. Reservada y huidiza, pasa la vida escondida entre las hojas y ataca solo si se ve obligada.

Boa

Boa

No venenosa pero formidable, aprieta a la presa entre sus anillos con una fuerza tranquila e implacable. Puede superar los tres metros y se mueve con la lentitud hipnótica de quien nunca tiene prisa, mimetizada entre ramas y hojarasca.

Armadillo

Armadillo

El felino más grande de las Américas y soberano silencioso de la selva panameña: elusivo, poderoso, casi legendario. Encontrarse con uno es privilegio de poquísimos, pero saber que aún vive en los rincones más remotos del istmo basta para hacer latir el corazón.

Formichiere

Oso hormiguero

Con la lengua larga y pegajosa vacía termiteros y hormigueros, trepando a los árboles gracias a su cola prensil. El tamandúa es un cazador solitario y silencioso, de hocico afilado como una pequeña trompeta.

Procione

Mapache

Curioso y habilísimo con sus patas parecidas a pequeñas manos, frecuenta los márgenes del bosque y las orillas de los ríos, donde palpa y rebusca cada bocado. Con el antifaz oscuro sobre los ojos tiene el aire de un diminuto bandido nocturno.

Foto: guacamaya · guacamayo escarlata
Capítulo XI El pueblo de las plumas

El amanecer se cuenta en aleteos

Hay una hora, al final de la noche, en que Azuero no pertenece todavía a nadie más que a quienes vuelan. Antes de que el calor suba de la tierra roja, el cielo sobre Pedasí se llena de voces, y aprender a reconocerlas se convierte en una manera lenta, y feliz, de estar en el mundo.

Basta poco: una taza en el porche, los ojos aún pegados de sueño, y el primer grito ronco de un guacamayo que pasa alto entre Los Destiladeros y Puerto Escondido. Luego el resto llega solo: el tuc-tuc seco del momoto en el sotobosque, el campanilleo invisible de un colibrí, la charla verde de los loros que regresan. Aquí los pájaros no son un detalle del paisaje: son la hora, el calendario, el ánimo mismo de la jornada.

Azuero mantiene unidos dos mundos, y cada uno tiene su pueblo de plumas. En el interior, donde el bosque se abre en sabana y potreros, reinan las rapaces que caminan y los colores repentinos entre las hojas; hacia la costa, sobre Playa Arenal y las aguas de Isla Iguana, mandan en cambio los grandes veleros del viento, pelícanos en fila y fragatas colgadas del cielo. Quien llega por el mar, a menudo, se va enamorado del aire.

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Guacamaya

Guacamaya

El arcoíris que vuela: rojo, amarillo y azul entre las copas de los árboles.

Tucano

Tucán

Un pico enorme y coloridísimo, y sin embargo ligero como una pluma.

Pappagallo

Loro

Ruidoso e inteligente, vuela en bandadas hacia el atardecer.

Fregata

Fragata

El macho infla una bolsa roja en la garganta para conquistar a su compañera.

Aquila arpia

Águila harpía

Una de las águilas más poderosas del mundo, reina silenciosa de la selva.

Pellicano

Pelícano

Se deja caer en picada para pescar y luego flota, plácido.

Momoto

Momoto

La cola en forma de raqueta y los colores de joya, escondido entre las frondas.

Colibrì

Colibrí

Bate las alas decenas de veces por segundo, suspendido en el aire como por arte de magia.

Un guayacán en flor en las colinas detrás de Pedasí: unos pocos días de amarillo absoluto, y después el viento se lo lleva todo.
Capítulo XII Flora del Azuero

La tierra donde los árboles florecen desnudos

Hay un momento, hacia finales de marzo, en que el campo alrededor de Pedasí parece haber renunciado. Las colinas se desnudan, la tierra se agrieta en teselas irregulares, el viento trae polvo y un olor a madera caliente. Y entonces, sin aviso, un árbol se incendia: amarillo, todo de golpe, sin una sola hoja encima. Es el guayacán, y en la península de Azuero es la manera que tiene la naturaleza de anunciar que la lluvia está por volver.

Aquí el bosque no es ese verde y goteante que uno espera del trópico. Es un bosque tropical seco, y durante medio año interpreta el papel del desierto: de diciembre a abril los árboles dejan caer las hojas una a una, las ramas quedan grises contra un cielo sin nubes, y al caminar se oye crujir la alfombra seca bajo las suelas. No es muerte, es cálculo. Cada hoja es una pérdida de agua, y renunciar a las hojas significa atravesar la sequía con los ojos cerrados, esperando.

Y luego llega la paradoja: es justamente cuando están desnudos cuando estos árboles florecen. Sin follaje que los oculte, las flores se vuelven señales visibles desde lejos para abejas y colibríes — el amarillo del guayacán, el rosa del roble de sabana, el blanco del frangipani, encendido solo al caer la tarde. Durante dos o tres días una colina se ilumina, después el viento la apaga y deja en el suelo la alfombra de los pétalos. Bajando hacia la costa la gramática cambia otra vez: en las desembocaduras las raíces de los manglares mezclan agua dulce y agua salada, las palmas dibujan la línea del viento, y en los jardines de Pedasí la buganvilla derrama sobre los muros blancos un color que, si se mira bien, ni siquiera es una flor.

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Flor del Espíritu Santo (orchidea)

Flor del Espíritu Santo (orquídea)

Es la flor nacional de Panamá, y el nombre no es una metáfora: en el centro de los pétalos de marfil salpicados de púrpura se posa una pequeña paloma blanca con las alas recogidas. No crece en esta costa reseca — su casa son los bosques húmedos de altura, donde florece entre julio y octubre — y es tan disputada por los coleccionistas que el comercio de ejemplares silvestres está prohibido.

Guayacán (guayacán amarillo)

Guayacán (guayacán amarillo)

Entre febrero y abril, cuando ya ha perdido hasta la última hoja, estalla de una sola vez en un amarillo que se reconoce a kilómetros, y durante unos pocos días deja sobre los senderos una alfombra de pétalos. Es el reloj del Azuero: cuando el guayacán florece, la estación seca se está acabando.

Roble de sabana (guayacán rosa)

Roble de sabana (guayacán rosa)

Florece en la misma estación que el guayacán y con el mismo gesto — a ramas desnudas — pero en rosa: un rosa polvoriento que al atardecer parece encendido por dentro. Es la otra mitad del breve carnaval que cierra el verano panameño.

Palme della costa (cocco e palma real)

Palmas de la costa (coco y palma real)

Marcan la frontera donde la tierra cede al mar: hileras de palmas de coco dobladas por los alisios, que de noche hacen un ruido de agua incluso cuando el agua está lejos. Más adentro, en los claros, la palma real abre su abanico enorme y deja caer racimos de frutos que atraen loros y animales de todo tamaño.

Mangrovia rossa (mangle rojo)

Mangle rojo

Camina sobre el agua salobre con raíces en arco, y en ese laberinto de sombra y fango los peces pasan la infancia antes de hacerse a la mar. Panamá es el país de las Américas con más especies de mangle: aquí, a lo largo de las bocas de los ríos del Azuero, es el mangle rojo el que sostiene la tierra y amortigua las marejadas.

Buganvilla (veranera)

Buganvilla (veranera)

El color que ves — fucsia, naranja, blanco — no viene de las flores sino de las brácteas, hojas disfrazadas de pétalos: las flores verdaderas son los tres tubitos blancos y diminutos escondidos en el centro. Llegada de Sudamérica, es ya el tinte de los muros de Pedasí — aquí la llaman veranera, la planta del verano, porque da lo mejor de sí en la estación seca — y florece tanto más generosamente cuanto menos se la riega.

Frangipani (Flor de Mayo)

Frangipani (Flor de Mayo)

Nativo de estas tierras, florece sobre las ramas desnudas como un candelabro, y su perfume solo se enciende cuando cae el sol. Es un engaño perfecto: el olor promete néctar a las esfinges que lo buscan en la oscuridad, pero dentro de la flor no hay ninguno — la polinizan gratis, por pura ilusión.

Palma viajera (palma del viaggiatore)

Palma viajera (palma del viajero)

No es una palma y no es de aquí — viene de Madagascar — pero nadie la olvida: abre un abanico perfecto, alto como una casa, con las hojas todas en el mismo plano, tanto que los viajeros juraban poder usarla como brújula. En la base de cada hoja retiene agua de lluvia, una reserva para quien pasa: de ahí el nombre. En los jardines de Pedasí es el gesto verde más teatral que existe.

Ibisco (Hibiscus rosa-sinensis)

Hibisco (Hibiscus rosa-sinensis)

Vive un solo día. La flor se abre al amanecer, despliega cinco pétalos de seda roja alrededor de una columna de estambres que sobresale como una pequeña lanza, y al llegar la tarde ya se ha acabado — pero la planta siempre tiene otra lista para la mañana siguiente. Es el seto que en Pedasí separa un patio del otro: se poda, se olvida, y sigue floreciendo todo el año.

Uccello del paradiso (Strelitzia)

Ave del paraíso (Strelitzia)

Míralo de perfil y entenderás el nombre: una cresta anaranjada y una lengua azul que salen de un pico verde, posado sobre el tallo como un pájaro a la espera. El engaño funciona de verdad — son las aves las que lo polinizan, y cuando se apoyan en la parte azul los pétalos se abren bajo su peso y las empolvan de amarillo. En los jardines de la costa es la flor que dura más que ninguna, incluso cortada.

Ginger rojo (Alpinia purpurata)

Ginger rojo (Alpinia purpurata)

Primo tropical del jengibre de cocina — misma familia, mismo olor punzante si rascas el rizoma — pero aquí se cultiva por la torre escarlata que levanta entre las hojas: cera dura y brillante, que dura semanas en la planta y semanas más en un jarrón. Lo bueno llega al final: sobre la espiga agotada brotan pequeñas plantas ya hechas, con sus raíces, que se doblan hasta el suelo por su propio peso y vuelven a empezar.

Foto: un puesto de frutas del interior
Capítulo XIII Los sabores del Azuero

El calendario se lee en los árboles

Aquí la fruta no tiene estante: tiene un mes. Y ese mes no lo decide la tienda — lo decide la lluvia, o más bien su ausencia.

El año, en la península, se parte en dos. De diciembre a abril es verano: no llueve, el viento no para nunca, el campo se pone amarillo y los árboles, en vez de sufrir, se llenan. Luego en mayo llegan las aguas, el verde vuelve en una semana, y le toca a otras frutas. Aquí nadie te dirá «ahora hay mango»: te dirá que es la temporada del mango, y son dos cosas distintas.

En verano manda el mango — y no con discreción: Los Santos, la provincia de Pedasí, está entre las que más producen del país, y cuando llega la temporada los árboles sueltan los frutos sobre los techos de zinc con un golpe que te despierta. Con él llegan el marañón, el tamarindo, los cítricos, y las extensiones de sandía y melón que aquí son cultivo de verdad. Después llueve, y les toca a otras: el nance, el mamón, la guanábana.

El resto no mira el calendario y está casi siempre: papaya, maracuyá, guayaba, piña, guineo, aguacate, coco, pitaya. Y luego están los nombres que confunden a quien llega sin conocerlos. El níspero, que aquí es el zapotillo y no tiene nada que ver con el níspero de otras latitudes. El mamón chino, rojo y peludo, que con el mamón no comparte más que el nombre. El pixbae, el único de todos que crudo no se come. Y el marañón, que ni siquiera es un fruto: es un tallo que se hinchó y aparenta, mientras el fruto verdadero — la pepa — cuelga debajo.

Aquí la fruta no se compra: se espera su mes.

Pero la verdadera clave, aquí, no es comerse la fruta: es bebérsela. Se llama chicha, y es simplemente fruta, agua, hielo y azúcar, licuados al momento. No es un postre ni es un rito: es lo que llega a la mesa junto al arroz, todos los días, y cambia según lo que hubiera en el mercado esa mañana. Pedir «una chicha» sin preguntar de qué es la manera más rápida de que te cuenten la temporada.

Una última cosa, con honestidad. Pedasí es un pueblo, y las tiendas tienen lo que tienen: buena parte de la fruta llega en un camión, un día concreto de la semana. La mejor, aquí, no es la que compras — es la del árbol del vecino, que en algún momento te pregunta si quieres, porque ya no sabe dónde ponerla.

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Foto: el sancocho sobre el fogón de leña
Capítulo XIV La mesa del Azuero

Cosas sencillas, bien hechas

No esperes especias, picante ni platos que posen para la foto. La cocina de aquí son cuatro cosas puestas como se debe — y es mucho más difícil de lo que parece.

La comida de verdad es el almuerzo, entre las doce y las dos: quien llega a las ocho de la noche buscando comida típica la encuentra ya terminada. Se come en las fondas, cocinas de familia sin menú, donde se mira lo que hay en las bandejas y se señala. El arroz llega con todo, incluso cuando ya hay arroz — aquí no es un acompañamiento, es el plato, y una mesa sin arroz no cuenta como comida.

Cinco ingredientes y ningún lugar donde esconderse: ahí se ve quién sabe cocinar.

Dos palabras explican casi todo lo demás. La primera es culantro: no es el cilantro, es otra planta — hoja larga y aserrada, olor mucho más hondo — y aguanta horas de hervor donde el cilantro se desharía. La segunda es el ají chombo: va a la olla entero, para que perfume sin reventar, y ay de ti si se rompe. Por eso la comida panameña no es picante: el fuego está en ese frasquito de la mesa, y te lo pones tú.

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Plato por plato

Lo que de verdad vas a encontrar en la mesa, y cómo se hace.

Pargo frito

El pescado llega entero — cabeza, cola, aletas — con dos o tres cortes hasta la espina por lado, para que el adobo entre y el calor llegue al centro antes de que la cola se queme. Adobo corto y ácido: limón, ajo machacado, cebolla, culantro, sal. Un velo de harina y al aceite abundante. Sale con tomate crudo, cebolla y gajos de limón. Se come con las manos: se levanta el filete, se voltea, y las caras — dos monedas de carne detrás del ojo — se las lleva quien sabe. Nadie deja un pescado limpio: deja un esqueleto.

Arroz con pollo

Es el plato de las fiestas: cumpleaños, bautizos, velorios, ferias patronales — cocinado en una paila enorme para todo el pueblo. El secreto no es el arroz: es el caldo. El pollo se sancocha primero con cebolla, ajo, laurel, pimienta en grano y un manojo de culantro, y luego se desmecha; y en ese caldo se cocina el arroz. El color naranja-dorado viene del achiote, que de sabor casi no da nada. Adentro van zanahoria, arvejas, maíz y — sí — aceitunas verdes con un poco de su salmuera, y alcaparras.

Arroz con guandú

No hay Navidad panameña sin él. El guandú llegó con la diáspora africana y madura justo en diciembre: fue el calendario agrícola el que decidió el de las fiestas. Se dice que trae suerte para el año que viene. Pero ojo: la versión con leche de coco es caribeña. Aquí en el interior se hace seco — aceite, cebolla, guandú fresco, culantro, arroz, agua y sal — tapado veinte minutos sin levantar la tapa, y servido en cilindro junto a la carne guisada.

Guacho

La diferencia es clara y vale la pena aprenderla: el arroz con mariscos es seco y se come con tenedor; el guacho es caldoso y se come con cuchara. El arroz se cocina lento en mucho caldo hasta quedar a medio camino entre un risotto y una sopa, y lo ligan el ñame y la yuca que se deshacen dentro. Encima, al final, un sofrito más seco de ajo, cebolla, ají y tomate, servido como una salsa. Las dos versiones de verdad son la de mariscos y la de rabito de puerco.

Ceviche de corvina

No se parece al peruano. Aquí la corvina se corta en cubitos y se cura en limón con cebolla picada fina, apio y ají chombo — el apio es la firma panameña, y quien llega del Perú no se lo espera. No se sirve de una: se enfría bien en la nevera y se come en vasito con galletas, de pie, en el mercado del marisco.

Pulpo

A diferencia del pescado, el pulpo del ceviche se cocina siempre antes: se hierve suave hasta que el cuchillo entra sin forzar — veinticinco o cuarenta minutos si es pequeño, hasta hora y media si es grande — y luego se pica y se adoba con limón, cebolla, culantro y ají. Sobrevive el gesto de asustar el pulpo: se sostiene por la cabeza y se meten las puntas de los tentáculos en agua hirviendo tres veces, cinco segundos, para que se ricen antes de echarlo entero. Y el congelador ayuda: el hielo rompe las fibras.

Conchas negras

Son el marisco más auténticamente pacífico de todos: viven en el fango, agarradas a las raíces del mangle rojo, y se recogen a mano con la marea baja — trabajo que hacen sobre todo las mujeres, las concheras, tanteando a ciegas en el lodo. Se abren crudas y se vuelven ceviche o cóctel. Hay que decirlo: están bajo presión. Quien las recoge sabe que bajo los cinco centímetros no se tocan.

Langosta

Aquí no se hierve ni se moja en mantequilla: se abre a lo largo y se pone en la plancha del lado del caparazón, o se saca de la concha y se saltea al ajillo. La langosta del Pacífico es una especie distinta de la del Caribe — más pequeña y menos abundante. Y algo conviene preguntar siempre antes de pedirla: si en ese momento hay veda. Las fechas no son iguales en los dos mares.

Empanadas

La panameña es de maíz, no de masa de trigo, y siempre frita — otro animal distinto de la empanada argentina al horno. La masa de maíz fríe en una corteza dorada, algo granulosa y apenas dulce, que contrasta con el relleno salado: carne guisada desmechada, pollo en salsa de tomate y achiote, o queso blanco, que dentro se derrite en un hilo salado. En la costa las hay también de atún.

Carimañolas

El gran desayuno de Panamá. Se hierve la yuca en agua con sal hasta que cede al tenedor, se le saca el hilo leñoso del centro y se machaca todavía hirviendo — si se enfría se vuelve goma y ya no liga. Con las manos húmedas se aplasta una porción en la palma, se hace un pozo, se pone el picadillo de carne y se cierra, rodándola entre las palmas en un torpedo puntiagudo de unos diez centímetros. La punta no es adorno: sella la masa y la deja dorarse pareja en el aceite.

Pollo guisado

El pollo de todos los días, y el ancla de cualquier almuerzo de fonda. Empieza por el sofrito, que es la verdadera firma de la cocina de casa: cebolla, ajo, ají dulce, apio y sobre todo culantro, picados finos y abiertos en el aceite. El achiote entra por el color, no por el sabor. El pollo va en presas con hueso — nunca pechuga sola — se dora y vuelve a la olla con tomate, y se deja ir despacio hasta que la carne se suelta. La salsa que queda es la que va sobre el arroz, y es la mitad del plato.

Mondongo

Aquí el mondongo no es una sopa: es un guiso espeso — y esa es la mayor diferencia con el mondongo colombiano o venezolano. La batalla está en la limpieza: la panza se restriega fuerte con limón partido — dos limones por kilo y medio — se estruja y se enjuaga hasta que el agua sale clara, luego se raspa el sebo y se corta en tiritas. Se precocina en olla de presión media hora (sin ella, dos o tres horas), y entra al sofrito con la yuca y el ñame. Es comida de fin de semana, y tiene fama de ser el mejor remedio para la resaca.

Saus

Patas de puerco sancochadas y luego puestas en agua, limón, cebolla, pepino y ají: se come frío, bien ácido, y en Los Santos lo consideran propio. La historia es más larga: el nombre viene del inglés souse, y llegó con los trabajadores afroantillanos del Canal. Fue adoptado tan a fondo por la cultura del puerco de estas provincias — donde después de una matanza las patas sobran — que hoy suena santeño del todo.

Tortilla y changa

La tortilla panameña no tiene nada que ver con la mexicana: es una torta de maíz gruesa como un dedo, hecha con granos cocidos y molidos en una masa gruesa y húmeda, y frita — crujiente por fuera, blanda por dentro, más cerca de una arepa que de una tortilla de trigo. Se come al desayuno bajo un huevo o con queso blanco. En tiempo de maíz nuevo se vuelve changa: más grande, más dulce, y asada en la brasa. La changa es cosa de campo, y encontrarla es una pequeña suerte.

Patacones y tajadas

El mismo plátano, dos platos opuestos, y confundirlos es el error clásico. Los patacones se hacen con plátano verde: se corta en rodajas gruesas, se fríe suave hasta que cede, se aplasta con el fondo de un vaso y se vuelve al aceite más caliente — crujientes al borde, densos al centro, salados enseguida, nunca dulces. Las tajadas se hacen con plátano maduro, casi negro: se cortan a lo largo y se fríen hasta que caramelizan, y son dulces.

Ostión

Es la ostra de roca del Pacífico — la misma familia de la ostra, con la concha más irregular y el sabor más decidido, a piedra y a mar abierto. Se despegan de las rocas con la marea baja, con cuchillo y con cierta terquedad. Se comen crudos ahí mismo, con limón y unas gotas de picante, o cocidos: salteados al ajillo, gratinados, o echados a la sopa de pescado al final, donde sueltan toda su sal. No los vas a encontrar en un menú impreso: son cosa de quien conoce la roca buena.

Sancocho de gallina

El caldo nacional, y el plato que aquí vale más que ningún otro. Una gallina de patio — de las que de verdad han escarbado — hervida largo rato con ñame y culantro, y el arroz servido aparte, nunca dentro. Nació en el interior, en estas provincias, y nadie lo llama remedio como manera de hablar: lo llaman levantamuertos, y se le lleva a quien tiene fiebre, a quien se recupera y a quien vuelve de una fiesta a las tres de la mañana. El ñame, al deshacerse, liga el caldo y lo vuelve sedoso sin un gramo de harina.

Tamales, de pollo y de carne

Masa de maíz sazonada y coloreada con achiote, una cucharada de guiso en medio — pollo desmechado o puerco — y luego el gesto que cuenta: se envuelve en hoja de bijao o de guineo, se amarra con pita y se echa a hervir. La hoja no es envoltorio: al cocinarse perfuma la masa, y cuando la abres en la mesa ese olor verde es la mitad del plato. Adentro van también aceitunas y pasas, y en algunas casas alcaparras. Es comida de fiesta y de Navidad, y se hacen por docenas, porque hacer pocos no tiene sentido.

Sopa de pescado

En las casas de mar no se bota nada: la cabeza, la espina y los recortes del pescado frito se vuelven el caldo del día siguiente. Se arranca un sofrito de cebolla, ajo, ají dulce y tomate, se alarga con el caldo de pescado, y adentro van yuca, ñame y plátano para dar cuerpo. El culantro al final, siempre. En versión de fiesta se convierte en sopa de mariscos y se llena de camarones, pulpo y conchas — y entonces se come con cuchara grande, con limón al lado del plato.

Los dulces

El más querido es el tres leches: un bizcocho empapado en tres leches — condensada, evaporada y crema — que llega a la mesa frío y mojado, con el merengue encima. Pero la verdadera tradición de estas provincias es la caña: la raspadura, el bloque de azúcar cruda hervida cuatro horas en una paila y batida con una pala de madera; los suspiros, los huevitos de leche, la cabanga de papaya, el manjar blanco. Y el arroz con leche con canela y pasas, que es el postre de todos y de siempre.

Para beber se pide chicha — fruta licuada con agua y hielo, distinta cada día. Si viene espesa y con granos de maíz es chicheme, y más que beberse se come. Y está el seco, el destilado de caña que se hace en Pesé, aquí mismo en el Azuero: se toma con leche fría. Y de dulce, caña — raspadura, suspiros, pesada de nance — y el arroz con leche, que es el postre de todos.

Las palabras de aquí

Un pequeño diccionario para entendernos

Hay palabras que en Pedasí significan una cosa y en el diccionario otra. Aprenderse una decena cambia la manera en que te miran en el mercado — y te ahorra un par de malentendidos en la mesa.

veranera
La buganvilla. Se llama así porque da lo mejor en el verano: mientras menos la atiendes, más florece.
verano
No es el verano europeo: es la estación seca, de diciembre a abril.
culantro
No es el cilantro. Hoja larga y aserrada, olor mucho más hondo, y aguanta horas de hervor.
ají chombo
El ají redondo, de familia habanero. Va a la olla entero, para que perfume sin reventar.
chicha
No es alcohólica: fruta licuada con agua, hielo y azúcar. Cambia cada día. La chicha fuerte, en cambio, sí está fermentada.
fonda
La cocina de familia donde de verdad se come: sin menú, se mira lo que hay en las bandejas y se señala.
levantamuertos
Literalmente «levanta muertos»: así le dicen al sancocho. Se le lleva a quien tiene fiebre, a quien se recupera y a quien vuelve de fiesta al amanecer.
ostión
La ostra de roca del Pacífico: misma familia, concha más áspera, sabor más decidido.
patacón
Plátano verde, frito dos veces y aplastado en medio. Salado, nunca dulce — si es dulce, es una tajada.
ñame
Un tubérculo, y no es camote. Al deshacerse liga el caldo y lo vuelve sedoso sin un gramo de harina.
guandú
La legumbre de la Navidad. Madura en diciembre, y por eso el arroz de las fiestas es arroz con guandú.
raspadura
El bloque de azúcar de caña cruda, hervida cuatro horas y batida con una pala de madera.
seco
El destilado de caña que se hace en Pesé, aquí en el Azuero. Se toma con leche fría — seco con leche.
panga
La lancha de pesca de esta costa: abierta, de colores, con motor fuera de borda.
matanza
La matanza del puerco, que aquí es una fiesta: más carne de la que una casa puede guardar, así que se reparte y se come junta.
pollera
El vestido nacional, bordado a mano, que puede llevar un año de trabajo. El Azuero es su tierra.
Foto: la plaza del pueblo, a la hora más tranquila
Capítulo XV Vida de expatriados

Vienes por una temporada, te quedas toda la vida

Sucede casi siempre de la misma manera. Uno llega por una semana, la maleta llena de buenas intenciones y el vuelo de regreso ya marcado en el calendario. Y entonces, una mañana cualquiera, se da cuenta de que conoce el nombre del panadero, de que saluda a los pescadores mientras varan las pangas, de que ya no recuerda qué día de la semana es. Pedasí trabaja así, en silencio: no te retiene, te convence.

Con los años, sin estruendo y sin llegar nunca a ser multitud, alrededor del pueblo ha crecido una pequeña comunidad internacional. Norteamericanos y europeos, parejas que han cerrado una carrera y familias jóvenes que apenas la han empezado, artesanos, cocineros, gente que ha aprendido a leer el mar. Nadie ha levantado un cerco aparte: se vive dentro de la vida panameña, entre la misa del domingo, las fiestas patronales, el redoble de los tambores que de pronto llena una tarde de verano. Uno se mezcla, sencillamente, y el pueblo hace sitio.

Los retiene aquí una suma de pequeñas cosas difíciles de explicar a quien se quedó lejos. La seguridad de poder pasear en la oscuridad, el ritmo humano de un lugar donde nadie tiene prisa, un café que cuesta poco y dura una hora entera, sentados a la sombra de la plaza viendo pasar el mundo al paso justo. Las mañanas empiezan lentas y terminan en el mar; las tardes se alargan entre una pesca y un baño; las noches se cierran en la mesa con amigos conocidos hace poco, bajo un cielo de estrellas que en la ciudad habían olvidado que tenían.

En Pedasí la vida se mide en atardeceres, no en citas.

Aquí el calendario no lo dictan las agendas, sino las estaciones. Está el tiempo de las ballenas, de julio a octubre, cuando basta un soplo en el horizonte para interrumpir cualquier conversación; está el tiempo de las tortugas que vuelven a anidar en las arenas tibias; está la estación de las lluvias, que hace estallar el verde, y la seca, que enciende los atardeceres de cobre. Se aprende a vivir así, por mareas y por migraciones. Y se aprende el español poco a poco, en los puestos del mercado y en el umbral de los vecinos, hasta que un buenos días deja de ser una palabra aprendida y se vuelve una manera de estar en el mundo. En Pedasí no te sientes extranjero por mucho tiempo.

Hay quien ha abierto una pequeña cocina propia, quien recibe a viajeros en unas pocas habitaciones asomadas al verde, quien trabaja a distancia con el portátil en una veranda peinada por el viento y quien, sencillamente, ha plantado un huerto y ha aprendido la paciencia. Esta tierra premia a quien elige ir más despacio: devuelve en tiempo, en silencio, en sentido de las cosas lo que en otros lugares se paga con prisa y con ruido. No pide renunciar a todo: pide solo volver a empezar a medida del ser humano.

Pregúntale a quien dio el gran paso y te responderá casi siempre con la misma media sonrisa: que el valor más difícil no fue partir, sino decidir quedarse. Pedasí es el secreto mejor guardado de quienes tuvieron ese valor — un lugar que no promete unas vacaciones más largas, sino una vida distinta. Vienes por una temporada y, sin darte cuenta, te quedas para siempre.

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Foto: la playa por la mañana, en la costa de Pedasí
Capítulo XVI Una casa en el Pacífico

¿Y si te quedaras?

Tarde o temprano, casi siempre la última noche, a todos les llega el mismo pensamiento. Lo sientes aflorar mientras la maleta sigue abierta sobre la cama y, por la ventana, el océano continúa respirando como si nada: ¿y si esto no fueran unas vacaciones? ¿Y si mi casa estuviera aquí, con el Pacífico enfrente y el tiempo —por fin— de mi parte?

Trata de imaginarlo de verdad. No los días contados de una estancia, sino las mañanas que se parecen entre sí del modo más dulce: el café tomado con calma mientras el pueblo se despierta, la compra en el mercado donde pronto te conocen por tu nombre, la tarde que se desliza hacia el mar y la noche que se cierra en la mesa, con amigos nuevos, bajo un cielo que aquí parece más bajo y más lleno de estrellas. En Pedasí el día no se llena: se deja suceder.

Quedarse, después de todo, no significa solo cambiar de dirección. Significa dejar de medir el año en citas y empezar a leerlo en las mareas, en los regresos del mar: las tortugas que en su temporada suben a estas arenas a poner los huevos, el soplo lejano de una yubarta que en septiembre pasa lenta frente a la costa, las aves migratorias que vuelven con las primeras lluvias. Quien vive aquí aprende a estar presente para estos pequeños prodigios — y descubre, poco a poco, que era exactamente lo que buscaba.

La casa de tus sueños, a veces, está solo a una decisión de distancia.

No sorprende, entonces, que alrededor de Pedasí y de Los Destiladeros estén naciendo viviendas que saben escuchar el paisaje en lugar de imponerse a él: villas abiertas al mar, con verandas diseñadas para el rumor de las olas; terrenos asomados al atardecer, donde el oro de la tarde se posa cada día a la misma hora; proyectos pensados para quien ha elegido vivir despacio. No anuncios inmobiliarios, sino invitaciones a imaginar una vida distinta — construida, esta vez, a tu medida.

Proyectos que inspiran en esta costa:

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Foto: las calles del pueblo
Mudarse

Del «¿y si me quedara?» al «¿cómo se hace?»

En algún momento la pregunta cambia. Ya no es si te gustaría vivir aquí — eso lo decidiste mirando el mar en algún lugar. Es cómo se hace, en concreto, sin perder un año y sin equivocarte en el orden de las cosas.

La parte práctica de mudarse es la menos romántica y la más decisiva. La residencia, con su fila de documentos que hay que traducir y legalizar antes de salir. El abogado, que en Panamá no es un lujo sino el paso obligado para cualquier trámite serio. La cuenta bancaria, que no todos los bancos abren a extranjeros y que pide referencias, paciencia y la persona correcta en la ventanilla. La casa — comprar y alquilar son dos mundos distintos, con dos riesgos distintos. Y luego licencia, carro, número fiscal, seguro médico, colegio si hay hijos.

Son pasos que parecen sencillos hasta que se enfrentan solo, en otro idioma y con otro calendario. Cada uno depende del anterior: equivocarse en el orden significa volver a empezar, y muchas veces darse cuenta meses después.

No es un favor entre amigos: es un servicio, con un costo y con un compromiso concreto.

Quien vive aquí desde hace más de diez años los ha atravesado todos — construyendo, comprando, vendiendo, abriendo negocios — y cometió primero los errores que hoy se pueden evitar. Acompañamos a quien ha decidido hacerlo en serio: desde el primer trámite hasta las llaves de la casa, con la gente correcta en cada paso.

Hablemos →

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De qué nos ocupamos

A la medida de lo que de verdad necesitas.

Documentos

Residencia y permisos

La vía correcta para tu caso, los documentos que hay que preparar antes de salir, los tiempos reales.

Legal

Abogado y trámites

El profesional adecuado, y alguien a tu lado que entienda qué estás firmando.

Banco

Abrir la cuenta

Qué bancos abren a extranjeros, qué referencias piden, cómo presentarse.

Vivienda

Comprar o alquilar

Zonas, precios reales, verificaciones antes de firmar. Comprar aquí no funciona como en Europa.

Cada día

La vida práctica

Licencia, carro, número fiscal, seguro médico, servicios, colegio.

Negocio

Abrir una actividad

Sociedad, licencias, personal: qué hace falta de verdad y en qué orden.

Vivir las estaciones

El calendario de Azuero

Pedasí late al ritmo de las fiestas de su península: el folclore más auténtico de Panamá, entre polleras, tambores y diablos danzantes. Aquí tienes cuándo llegar para vivirlas.

Enero

Desfile de las Mil Polleras · Las Tablas

Miles de polleras desfilan juntas en una de las imágenes más bellas del país. (2.º sábado de enero)

Febrero–Marzo Fecha móvil

Carnaval · Las Tablas & Pedasí

Cuatro días de culecos, murgas y el histórico duelo entre Calle Arriba y Calle Abajo — el Carnaval más célebre de Panamá.

Marzo–Abril Fecha móvil

Semana Santa · todo Azuero

Procesiones y ritos de la Semana Santa en los pueblos de la península.

Abril

Feria Internacional de Azuero · La Villa de Los Santos

Diez días de rodeo, música típica, danzas folclóricas y lo mejor de la tradición rural panameña.

Mayo–Junio Fecha móvil

Corpus Christi · La Villa de Los Santos

Las célebres danzas de los Diablicos: hombres con máscaras de diablo animan dos semanas de fiesta.

Julio 19–22 jul

Santa Librada & Festival de la Pollera · Las Tablas

El 22 de julio desfila la pollera más bella y se elige a su Reina: el tributo al traje nacional.

Julio–Octubre

Temporada de ballenas · frente a las costas de Pedasí

Las jorobadas llegan a parir en las aguas cálidas: el gran acontecimiento natural de la costa.

Septiembre

Festival Nacional de la Mejorana · Guararé

La mayor fiesta del folclore panameño: décimas cantadas, tamborito y la guitarra mejorana. (finales de septiembre)

Noviembre

Fiestas Patrias & Grito de La Villa · Azuero

El 10 de noviembre se rememora el "Primer Grito de Independencia" de 1821, en La Villa de Los Santos.

Las fiestas de fecha móvil (Carnaval, Semana Santa, Corpus Christi) cambian cada año: escríbenos para conocer las fechas actualizadas de la temporada.

Foto: una foto tuya de la estación seca
Cuándo venir

El año aquí se parte en dos

No hay una estación correcta: hay estaciones distintas, y elegir una significa elegir qué vienes a ver. La diferencia entre enero y septiembre, aquí, no es el clima — son dos viajes distintos.

De mediados de diciembre a finales de abril es verano. Casi no llueve — febrero y marzo son los meses más secos del año — el cielo está limpio y sopla constante la brisa del norte. Es la temporada de las fiestas, del Carnaval, de los días perfectos. Tiene dos precios que nadie menciona: hacia marzo y abril el paisaje se pone pardo y quemado, porque el bosque seco bota la hoja para aguantar; y el viento, que en febrero está al máximo, puede tumbar las salidas en lancha.

De mayo a noviembre llegan las aguas, y el verde vuelve en una semana. No te imagines días de lluvia: aquí llueve fuerte por la tarde o de noche, veinte minutos o un par de horas, y luego escampa — las mañanas se salvan casi siempre. Llueve parejo de junio a noviembre, con octubre como el mes más mojado. Entre finales de junio y principios de agosto suele llegar el veranillo, una tregua de una o dos semanas: pasa casi todos los años, pero no está garantizado.

El mes no se elige mirando el tiempo: se elige mirando qué se quiere ver.

Y luego está el mar, que lleva su propio calendario. Las ballenas pasan de julio a octubre, con el punto alto en agosto y septiembre. El viento de la estación seca hace subir agua fría y cargada de plancton: alimenta a los peces — por eso la pesca de altura da lo mejor justo entonces — pero le quita claridad a quien quiere hacer snorkel. Una última cosa que vale más que cualquier pronóstico: en Isla Iguana, con marea baja, el agua frente a la playa casi se retira. Antes de reservar un paseo se mira la tabla de mareas, no el clima.

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¿Cuándo venir?

En cualquier momento del año.

No hay un mes equivocado para venir a Pedasí: cada estación tiene su carácter y su maravilla. Una enciende los atardeceres y regala días limpios; otra hace estallar el verde y llena el mar de vida. Está el tiempo de las ballenas y el de las tortugas, el de las fiestas y el de las playas desiertas, todas para ti. Ven cuando puedas: esta costa siempre tendrá algo que enseñarte que en los otros meses no está.

Foto: la lancha rumbo a Isla Iguana
En la práctica

Qué se hace, aquí

Nadie viene a Pedasí a llenar una lista. Pero vale la pena saber qué hay, porque casi todo lo que se hace por estos lados depende del mes, de la marea o del viento — y quien llega sin saberlo muchas veces descubre demasiado tarde que pasó justo en la semana buena.

Las cosas que por sí solas valen un viaje son tres, y todas tienen calendario. Las ballenas pasan de julio a octubre, con el punto más alto en agosto y septiembre: se sale al amanecer desde Playa Arenal y se apunta hacia las aguas de Isla Iguana. Isla Iguana, en cambio, se puede hacer todo el año — media hora de lancha, arena blanca, la colonia de fragatas y un agua en la que los peces se ven desde la barca. Y la pesca: a pocas millas mar afuera el fondo se desploma, y ahí abajo está todo.

Después está lo que se hace sin planearlo. El surf en Los Destiladeros al amanecer, cuando el viento mantiene las olas limpias. El snorkel frente a la isla. Una paddle por las bahías cuando el agua se vuelve un espejo. Las piscinas naturales que asoman entre las rocas de Los Destiladeros con la marea baja — y eso es cuestión de horas, no de días: pregúntale a alguien del pueblo a qué hora baja el agua, y ve.

Para ver, en el pueblo, hay menos de lo que un turista espera y más de lo que imagina. La iglesia blanca en la plaza, las casas bajas de techos de teja, las letras de colores a la entrada, frente al Municipio. Pero lo verdadero que hay que ver en Pedasí es el pueblo mismo a las seis de la tarde, cuando el calor afloja, las sillas salen frente a las puertas y la plaza se llena sin que nadie lo haya organizado.

Aquí no se escoge qué hacer: se mira el mar y se entiende qué se puede hacer hoy.

Y luego están las fiestas, que aquí no son espectáculo para visitantes sino vida de todos los días: el calendario del Azuero — las polleras, los tambores, los diablicos — está en el capítulo de los eventos, y si caes en el día justo eso se convierte en tu viaje, lo hubieras previsto o no.

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Foto: la carretera que entra a Pedasí
En la práctica

Cómo se llega

Pedasí queda al final de la península, donde se acaba la carretera. No es difícil llegar — solo es lejos, y eso, si lo piensas, es exactamente la razón por la que sigue siendo así.

En avión es el camino más corto: Pedasí tiene su propio aeropuerto, y desde la Ciudad de Panamá se tarda poco más de media hora en vez de un día entero. Los vuelos salen del aeropuerto urbano de Albrook — no de Tocumen, el internacional — y aterrizan a un paso del pueblo. Como alternativa se vuela a Chitré, que es la ciudad grande del Azuero, y desde allí quedan poco más de setenta kilómetros de carretera, una hora y cuarto escasa.

Y algo vale la pena decirlo claro, porque es el tipo de información que las páginas de viaje nunca actualizan: las aerolíneas que vuelan al Azuero son sumamente confiables y puntuales, con rutas diarias y un número de vuelos que sigue creciendo. El único consejo es reservar con tiempo: los aviones son pequeños y los puestos se acaban rápido.

En bus se gasta una fracción, y se ve el país. Se sale de la terminal de Albrook, al lado del centro comercial y del metro. No existe un bus público directo: se toma uno hasta Las Tablas — cuatro o cinco horas, aire acondicionado polar, lleva un suéter — y allí uno se sube a un bus pequeño que en media hora escasa llega a Pedasí.

No es difícil llegar. Solo es lejos — y por eso sigue siendo así.

Y si la conexión ya se fue, no es ningún drama: de Las Tablas a Pedasí se consigue taxi a cualquier hora, y en media hora estás en el pueblo. Lo único que hay que recordar es la terminal de Albrook: para pasar los torniquetes hace falta la tarjeta recargable del transporte, que cuesta unos centavos por pasada — en efectivo no se pasa.

En carro son unas cinco horas desde la capital, todas por buenas carreteras: la Panamericana hasta Divisa, y de ahí se baja hacia adentro de la península por Chitré y Las Tablas. Y es la opción que le recomendaría a cualquiera, porque una vez aquí el carro hace falta de todos modos: las playas están regadas a lo largo de kilómetros de costa, los buses no llegan y los taxis en el pueblo son pocos.

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En resumen

Las tres vías para llegar al final de la península.

En avión

De Ciudad de Panamá a Pedasí

Se vuela desde el aeropuerto urbano de Albrook (no Tocumen) al aeropuerto de Pedasí, el Capitán Justiniano Montenegro. Poco más de media hora, aviones pequeños, casi todos los días. Ciudad de Panamá es el único destino: no hay vuelos desde ningún otro lado.

En avión

De Ciudad de Panamá a Chitré

La alternativa, siempre desde Albrook: media hora hasta Chitré, luego unos setenta y cinco kilómetros de carretera — una hora y cuarto — hasta Pedasí. Pocos vuelos por semana, en un avión de unos cincuenta puestos.

En bus

Albrook → Las Tablas → Pedasí

Desde la terminal de Albrook un bus hasta Las Tablas: cuatro o cinco horas, unos diez dólares, salidas más o menos cada hora pero solo de día. En Las Tablas se cambia y en media hora se está en Pedasí, por pocos dólares. Si llegas de noche y ya no hay conexión, de Las Tablas salen taxis a Pedasí a cualquier hora.

En bus

Shuttles directos

Existen shuttles privados puerta a puerta desde la capital, sin cambios: cuestan varias veces lo que el bus, pero te dejan donde te quedas. Se reservan en línea.

En carro

Cinco horas desde la capital

Panamericana hasta Divisa, y luego hacia abajo por la península: Chitré, Las Tablas, Pedasí. Buenas carreteras. Es la solución más cómoda, porque una vez aquí el carro hace falta de todos modos para llegar a las playas.

Foto: el Municipio de Pedasí
Salud y emergencias

Quién está, si hace falta

Es la pregunta que uno se hace antes de viajar, y mucho más en serio antes de quedarse: ¿y si me enfermo? Vale la pena responderla con calma, porque la respuesta es más tranquilizadora de lo que el silencio del campo hace pensar.

Pedasí es un pueblo, no una capital, y contarlo de otro modo sería deshonesto. Pero tampoco estás en el fin del mundo: en el pueblo está el MINSA CAPSI, el Centro de Salud público, con servicio las veinticuatro horas para lo que surja — la fiebre que no baja, el corte que hay que coser, la picadura que se infectó. Hay dos farmacias para las medicinas de todos los días. Está la Cruz Roja, que aquí no es una idea abstracta sino gente del lugar que contesta también de noche. Y hay ambulancia, que es lo que cuenta cuando cuenta.

No es el fin del mundo: es un lugar donde el hospital grande está a una hora, y la ambulancia contesta.

Para lo demás — urgencias de verdad, quirófano, especialista — se sube a Las Tablas o a Chitré. No están a la vuelta de la esquina, pero es carretera buena y recta, y quien vive aquí va sin dramas. Y aquí viene la sorpresa que nadie espera de una provincia del interior: en Chitré está uno de los mejores hospitales privados del país, con especialistas de todas las ramas y urgencias las veinticuatro horas. Para la mayoría de las cosas serias no hace falta llegar a la capital: basta hora y cuarto de carretera.

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Los números que importan

Guárdalos en el teléfono ahora, no cuando hagan falta.

Emergencias

Auxilio inmediato

Contestan las veinticuatro horas, todos los días.

Ambulancia · SUME
911
Bomberos
103 · 926-0705
Policía
104 · 926-0713
Salud

MINSA CAPSI — Centro de Salud

El centro público del pueblo, abierto las 24 horas.

Teléfono
926-0730
Protección civil

SINAPROC

Avisos de tiempo, marejadas, emergencias naturales.

Teléfono
994-8882
Municipio

Municipio de Pedasí

Para trámites e información del pueblo.

Municipio
926-0717
Atención Ciudadana
311

Desde el exterior antepone el código de Panamá +507. Son los números difundidos por el Municipio de Pedasí.

Foto: Breeze y Dita, de casa en Pedasí
Con animales

Quien llega con cuatro patas

Lo primero que vas a notar es que los perros, aquí, viven afuera. Andan por el pueblo de día y vuelven por la tarde, y no es abandono: es otra relación con los animales, más antigua y menos doméstica que la que conocemos en Europa.

En las playas no hay ninguna prohibición. Ni letreros, ni control, ni «playa para perros» porque no hace falta: son kilómetros de arena casi siempre desierta, y bajar con el perro temprano o al atardecer es sencillamente lo que se hace. Las reglas son de sentido común, no de ley: con correa frente a los restaurantes, ojo con la arena hirviendo al mediodía, y siempre agua encima.

El verdadero enemigo aquí no es el calor: son las garrapatas. El clima cálido y húmedo les viene perfecto, y las enfermedades que transmiten pueden ser serias. La prevención todo el año no es opcional, y revisar el pelo después de cada paseo por la hierba alta se vuelve tan rutinario como lavarse las manos.

Aquí los perros no viven en la casa: viven en el mundo.

Para el día a día el pueblo está cubierto: en Pedasí hay dos veterinarios, y para todo lo demás se sube a Las Tablas, donde hay una clínica veterinaria de excelencia — servicios completos y un estándar altísimo, del que no esperarías encontrar en el interior. Menos de una hora de carretera, y estás en mejores manos que en muchas ciudades.

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Antes de viajar

Lo que conviene saber si llegas con un perro o un gato.

El viaje

Déjalo en manos de quien lo hace a diario

Traer un animal a Panamá significa vacunas con tiempos exactos, certificados veterinarios válidos por pocos días, una solicitud que hay que presentar antes de viajar y dos oficinas distintas que despachar al llegar. Cada paso tiene un plazo, y equivocarse en uno significa dejar al animal varado en el aeropuerto. El consejo es simple: recurrir a una agencia especializada en traslado de animales, que se encarga de todo y te evita las sorpresas.

Cuarentena

Se hace en casa

No hay perrera del Estado: la cuarentena se cumple en la casa donde vas a vivir, y el animal sale del aeropuerto contigo el mismo día — siempre que el trámite se haya iniciado a tiempo. Es justo la parte que la agencia resuelve por ti.

Llegar aquí

El último tramo

Los buses de línea no llevan animales: es la mayor limitación práctica. Quedan el carro alquilado, el taxi acordado antes, o el vuelo interno — pero en avionetas depende de la carga del día, así que se pregunta siempre con antelación.

Ya aquí

Comida y lo necesario

En el pueblo hay una tienda especializada para animales, con comida, accesorios y todo lo necesario: no hace falta llegar cargado de afuera. Solo si tu animal lleva una dieta veterinaria muy particular conviene preguntar antes, o surtirse en la capital.

Preguntas frecuentes

Lo que todos preguntan

Las preguntas que siempre llegan, con respuestas honestas — incluidas las que un folleto turístico no daría.

¿Es seguro?

Sí, y vale la pena explicar por qué. En Panamá la criminalidad violenta se concentra en muy pocos lugares — la provincia de Panamá y Colón — y el Azuero no está entre ellos: estadísticamente apenas aparece. En Pedasí se habla de hurtos menores, no de violencia: un pueblo de tres mil personas donde todos se conocen se cuida solo. Las precauciones son de sentido común: no dejar el bolso a la vista en el carro estacionado en la playa, cerrar la casa. Los riesgos de verdad aquí no son criminales: son las corrientes de resaca en playas sin salvavidas, y manejar de noche por carreteras sin luz ni berma, donde cruza el ganado.

¿Se puede tomar el agua de la llave?

El agua la trata el acueducto nacional y la mayoría de la gente aquí la toma. Muchos, eso sí, tienen filtro — por el sabor, por las tuberías viejas, y porque después de aguaceros fuertes puede salir turbia. El agua embotellada es barata y está en todas partes. Con honestidad: tómala, pero si te quedas una temporada, un filtro es un gasto de una sola vez.

¿Hace falta carro?

Para estar en el pueblo no: Pedasí se recorre a pie o en bicicleta. Para todo lo demás — las playas, la salida a Isla Iguana, Las Tablas — sí, o cuenta con los taxis. El bus local existe pero pasa pocas veces al día y termina temprano. Las carreteras asfaltadas son buenas; los caminos que bajan a las playas no, y en época de lluvias un carro alto marca la diferencia.

¿Hay internet?

Sí, y funciona bien. Las compañías locales cubren el pueblo sin problema — correo, documentos, videollamadas, trabajo en remoto. Starlink es solo una opción más, que algunos eligen como respaldo o para tener total tranquilidad. El celular agarra bien en el pueblo, menos hacia las playas.

¿Se habla inglés?

Más de lo que uno espera. En el banco, en el hospital y con los médicos se habla inglés, y lo mismo en los hoteles y en buena parte de los restaurantes. En la tienda, en el bus o con el taxista se va en español — pero con pocas palabras y un traductor en el teléfono se resuelve en todos lados. Y el español aquí es el idioma más fácil del mundo de aprender: te lo enseñan en la calle.

¿Qué moneda se usa? ¿Hay cajeros?

Se usa el dólar: la moneda oficial se llama balboa, pero los billetes son dólares — Panamá no imprime papel moneda. Las monedas son panameñas y valen igual que las americanas. En Pedasí hay dos bancos y dos cajeros, perfectamente funcionales, sobre la carretera principal. La tarjeta se usa en hoteles, restaurantes y supermercados; para las fondas, los taxis y los lancheros conviene llevar efectivo, y en billetes pequeños — los de 50 y 100 no los reciben en algunos lugares.

¿Cómo es la corriente?

Como en Estados Unidos: 110 voltios y enchufes planos. Los aparatos europeos de 220 necesitan transformador — con el adaptador solo se queman. Los cargadores de teléfono y computadora suelen andar bien. En el campo la luz se va más seguido que en la ciudad, sobre todo con tormenta: aquí se usan regletas con protección, y muchas casas tienen respaldo.

¿Zancudos, vacunas?

No hace falta ninguna vacuna ni profilaxis para venir: las enfermedades tropicales de las que se lee son de zonas rurales y remotas del país, no de esta costa. Lo que sí sirve es un buen repelente — y algo de cuidado en la playa después del atardecer, cuando salen las chitras, esos diminutos jejenes (sandflies) cuya picada pica por días. Manga larga al caer la tarde y repelente: esa es toda la protección que necesitas.

¿Dónde se hace el mercado?

Mejor de lo que uno se imagina. En Pedasí hay tres supermercados surtidos de todo — productos locales e importados, vinos, quesos y hasta especialidades italianas — además de las tiendas del pueblo y, cada semana, un mercadito local donde la fruta y la verdura de temporada son excelentes y cuestan poquísimo. Para algo realmente fuera de lo común está Chitré, a hora y cuarto, pero no es para nada obligatorio.

Que te encuentren

Quien llega aquí ya está buscando algo

Quien lee estas páginas no está hojeando: está planificando. Busca dónde dormir, quién lo lleve a ver las ballenas, quién le arregle el jardín de la casa que acaba de comprar. Llega aquí antes de llegar a Pedasí — y ese es el único momento en que puedes hablarle.

Este no es un sitio de anuncios: es un diario que la gente lee hasta el final. Por eso los espacios son pocos y se quedan dentro del relato, sin banners que parpadean. Una ficha como las de abajo — tu nombre, dos líneas bien escritas y el enlace a tu sitio o a tu WhatsApp — permanece en línea todo el año, en el idioma de quien lee, sea italiano, inglés o español.

El espacio es de pago, y hay una sola tarifa para todos: sin subastas, sin posiciones compradas. Escríbenos y te decimos cuánto cuesta y cuántos lugares quedan.

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Cuatro ejemplos, para entendernos

Jardines y paisajismo

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Si tu negocio vive de Pedasí — un hotel, un restaurante, un chárter, un tour entre las ballenas — hay sitio también para tu historia, entre estas páginas.

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